lunes

2009/12/10 Adolescencia

Estimado, tengo una hija de 14 años, soy su padre y vive conmigo desde la separación de su madre por decisión de ella misma. La veo muy angustiada por estos días, ya casi ni me habla de cosas importantes, tan sólo superficiales, le cuesta mucho hablar de sus sentimientos y si se enferma no quiere tomar sus remedios... No se baña y no le gusta que la obligue a bañarse, ni siquiera quiere usar desodorante!!! Me preocupa mucho su baja autoestima. Cabe destacar que ella padece de Mielomeningocele bajo pero sin secuelas en su caminar y en su vida diaria, sólo tiene un esfínter artificial ya que no retiene orina, posee vejiga rígida.

Muchas gracias por lo que pueda aportar.
Saludos desde argentina
Damian

Estimado Damián,

La adolescencia de por sí es complicada. Pero, aún así, es una etapa en la que suelen expresarse problemas acumulados o que, en cualquier caso, la persona se torna más sensible. Son frecuentes los cambios en el carácter, retraimiento, irritabilidad, abandono corporal, una serie de otros síntomas físicos y psicológicos.

El asunto es que no siempre puede uno atribuir a la adolescencia todo lo que le pasa a los jóvenes. Aún si fuera coyuntural, sería mejor que a su hija la evalúe un psicoterapeuta o un psiquiatra. Mejor es descartar problemas emocionales mayores y atenderlos a tiempo.

Una sugerencia: si bien es cierto que tiene este problema de mielomeningocele y problemas fisiológicos derivados de ello, es indispensable no tratarla como “pobrecita”. Se trata de una realidad a asumir e integrar en su vida presente y futura. Son males que uno llega a sobrellevar si es que no vive lamentándose o amargándose por lo que pasó. Increíblemente, recién cuando uno entiende y acepta su condición es cuando puede empezar a desarrollar con mayor intensidad sus recursos, sus cualidades y su capacidad de disfrutar en la vida.

Un problema adicional importante es el que se hayan separado de la mamá, pero, la vida continúa y siempre nos presenta alternativas. Es bueno tratar de asistirse de lo que sí está: familiares, amigos, grupo de pertenencia, etc., en los que podemos encontrar reflejos afectivos valiosos que nos alienten en este, a veces difícil, arte de vivir. La adversidad es un reto y a la larga un estímulo, si es que logramos entender y orientar su sentido en nuestra existencia.

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